Decíamos ayer que en todo Chile, de Arica a Punta Arenas, conviven con los terremotos con apacible prudencia. Si dijo el maestro Juan Villoro que los mejicanos tienen un sismógrafo en el alma, los chilenos lo tienen en el tuétano. Pero los chilenos, como todos, tienen corazón. Y tras el terremoto de Arica, ahora, ha sido el devastador incendio de Valparaíso, una ciudad convertida en una alegoría de Dante. Solo que ni en las puertas ni dentro de ese infierno perdieron la esperanza. Porque en esos corazones anida la ilusión de salvar algo, o evitar más destrucción. Aunque casi una veintena perdieran la vida, dos mil quinientas vieran destruidas sus viviendas y quince mil resultaran damnificadas. La foto es un guateque de esperanza en el averno.

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