A Suárez le ha llegado la muerte a cámara lenta. Como es el Alzhéimer, retratado como nadie por Pedro Simón en esas memorias imprescindibles. Esta enfermedad “es la bolsa de hielos que no sabía guardar Pascual Maragall. La Internacional que no le sonaba a Solé Tura. La enfermera a la que Chillida confundía con Dulcinea. El <<quien es Mariam>> de Adolfo Suárez. El silencio de Enrique Fuentes Quintana”. Un libro cuya lectura es bálsamo para un mal sin cura que deja al enfermo columpiándose en el olvido, y a los suyos aferrados a un álbum de fotos añejas, y al recuerdo en carne viva.

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Suárez muere erguido, en pie, como se mantuvo junto a Gutiérrez Mellado y Carrillo ante Tejero, sus muchachos y sus metralletas mientras el resto del Congreso se arrodillaba. Y poco después, dimitió. Lo han hecho pocos. Suárez lo hizo tras padecer un severo juicio sumarísimo no exento de ferocidad, impiedad y fobia. De todos. Incluso de los suyos. Pero él, con esa mirada de ojos pícaros, y con su seducción, tuvo la grandeza de escribir las faltas de sus amigos y sus enemigos en la arena, para que las olas borraran su huella. Y ahora, los que quedan de la masacre, le honran con gloria póstuma y tardía. Porque podían habérsela suministrado en vida. Aún con su desmemoria trágica bamboleándole el cuerpo y el alma.

Este hombre al que pude tratar, al que escuché junto a Almudena narrar el dolor extremo que le proporcionó la vida cuando se alejó del foco, Adolfo Suárez, fue quizá un disidente a deshora, un hombre bueno con más senda de caminante obstinado que lujo en la lengua, que empleaba con una pizca de pudor para engatusar al personal con los textos de Ónega y compañía. Tuvo arrojo para liderar el desmontaje del régimen franquista desde dentro. Y dinamitar el bunker le costó arrostrar durante años la inquina de la mayoría, que además se mofaba, en su ignorancia de alfombra palaciega, de este hombre que, como los buenos, los que valen la pena, tenía mucha más vida que currículo.

Ya se sabe que a la peña hay que darle un enemigo para que se sienta grande. Como escribió Umbral, un enemigo concreto, visible, fusilable, y no abstracciones. Un enemigo en el que concentrar todos los males y desgracias de la gente, que siempre es desgraciada. Y entonces, fue Suárez. Porque cuando la gente pide un culpable a la gente hay que desviarla para que acierte equivocándose, no sea que dé con el verdadero responsable.

Ahora, en el momento funerario, escuchamos a muchos de los que le laminaron y vejaron ensalzarle incluso atribuyéndole en exclusiva méritos que fueron compartidos. Es lo que tiene la desvergüenza. Yo me quedo con el recuerdo personal de la última conversación con él. Tan bella. Tan profunda. Tan sincera. Con ese estriptís del alma herida que sólo un tipazo de entidad sería capaz de hacer ante una pareja que no es íntima. Suárez se va a cámara lenta. Pero en realidad se había ido hace tiempo, quizá cansado de tanta hipocresía. En silencio y sobrado de dignidad.