Es un forajido con fular. Un dandi seductor. Un educado, pero sin quitarse nunca el chaleco canalla, aunque no lo lleve. Acaban de darle el Premio Internacional de Poesía Barcarola, que es un galardón fino y minoritario que le da sitio de prestigio. Es un pirómano de la palabra. Un tipo grandioso, sin amo, sencillo, coqueto, discreto, pícaro de alma y cuerpo, curioso, fascinado y fascinante, silente, cínico, descreído, estupefaciente, fraternal, torrencial, dulcemente amargo, reflexivo, irónico, alegremente triste, palpitante de estrellas, decisivo y bueno. Pero ojo, que no se la mete doblada ni un paisa tenaz, porque sabe que la mala leche es virtud periodística, y la practica con todos los filos, si toca. Aprendió a beberse el placer como los más audaces y aspira a parecerse a lo que ama. Su melena no te distrae de su talento, ya maduro. Habita donde las diablas bailan boleros. “Habanece” cada día en el Madrid castizo, por el que camina serio en su sonrisa oculta. Allá en el 87,  Umbral escribió que “su sintaxis viene de la música, los versos se le remangan enseguida de endecasílabos, en recital interior. Hay poeta, pues, tenemos poeta, porque hay imagen y hay música. Vive gloriosamente iluminado por el demonio de la analogía”. O sea, la consagración, el copón. Nunca ha estado suficientemente ponderado, pero nos la bufa, porque “él nunca babea”, como escribió un día Sabina.

Nos hemos aliviado juntos de la cruda soledad inevitable, entre tanta algarabía, con horas de intercambio de palabras de nocturno bálsamo. A solas hemos padecido muchedumbres. Las cenas no nos caben en las cenas. Hacemos tertulia, combatimos cretinos competentes y pertinaces de la cosa. Y nos cuidamos y nos descuidamos con esmero en una apoteosis de afectos. Participo de mucha de la matemática de sus afanes y de sus peligros. O sea, que le quiero desde la admiración y la amistad.

Es el mejor columnista tras Umbral, sin esforzarse. Sí, están Alvite, Alcántara, y muchos sagrados de este ABC en el que firma entre los grandes. Pero llevo años creyendo que los editores no le han aprovechado en condiciones. Quizá sea miedo. O que es un cuerdo de atar, lo que le convierte en peligroso. En ABC Punto Radio, con sus arpones diarios, acreditó su estilo para glosar con bordadura de metralla y dinamita de libertad nuestra política cansina, mezquina, indigente y cicatera. Está transido de tanto menesteroso de este oficio canalla que te atrapa por el gargüero y no te suelta. Aunque le calza mejor una Underwood salpicada de ron, y envuelta en humo, practica el periodismo moderno de siempre, la literatura con un ojo incendiario de chacal de salones y cloacas. Navega por la métrica del dolor con la solvencia del pirata que afina la rima en mil burdeles. Su retrato es de yonqui de la poesía y el periodismo.

Ángel Antonio Herrera se droga de conocimiento de los sucedidos y nos ayuda, en verso o en prosa, a entender mejor esta España que nos ha tocado. Un grande. Un tipazo de los que no quedan. Un columnista que merece más escaparates.