Ha muerto Nelson Mandela. Estoy triste. Muy triste. He sentido por él una admiración y un respeto formidables. Quiero dejar constancia. Y transcribir el texto que le entregó a François Pienaar antes de esa final de Rugby con Sudáfrica victoriosa. Un texto sencillamente maravilloso, que hoy he recordado por él y por las circunstancias de mi vida, y gracias a mi hijo que me lo ha disparado al corazón, en la distancia: “”No importan las críticas; ni aquellos que muestran las carencias de los hombres, o en qué ocasiones aquellos que hicieron algo podrían haberlo hecho mejor. El reconocimiento pertenece a los hombres que se encuentran en la arena, con los rostros manchados de polvo, sudor y sangre; aquellos que perseveran con valentía; aquellos que yerran, que dan un traspié tras otro, ya que no hay ninguna victoria sin tropiezo, esfuerzo sin error ni defecto. Aquellos que realmente se empeñan en lograr su cometido; quienes conocen el entusiasmo, la devoción; aquellos que se entregan a una noble causa; quienes en el mejor de los casos encuentran al final el triunfo inherente al logro grandioso; y que en el peor de los casos, si fracasan, al menos caerán con la frente bien en alto, de manera que su lugar jamás estará entre aquellas almas que, frías y tímidas, no conocen ni victoria ni fracaso”. Sí, siento dolor en el alma por la muerte de un hombre ejemplar al que admiro.