Escribo de madrugada. Últimos sorbos de un agosto caliente. No hay tregua. La vida y el periodismo no tienen horario. No cierran por vacaciones. He trasteado por Benicássim, que tiene nombre y sabor árabes. Me he asomado al balcón y la sal del Mediterráneo ha inundado mis venas. He repasado a Dos Passos, Vicent, Hemingway, MP, Carpentier , Antolín y tantos otros que se inspiraron caminando por las mejores playas de este mar azul y verde adornadas de villas de otra época.

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Tecleo en la terraza, con una luna asombrosa como testigo. Así he escrito esta columna las tres últimas semanas. Y a la vista, El Palasiet, un hotel de los que uno cree que no existen, donde cada día he visitado a los Farnós de los Santos. Debieran cambiarle el nombre por El Paraíso. Ya se lo he dicho a Teresa, a Chimo, a todos los que hacen posible un lugar del que uno nunca desea irse. Allí recupera uno la vida y el espíritu entre pinos y agua de mar. Y te cruzas con gente de primera. No pasean por aquí personajes de anuncio marbellí. Y escuchas jazz hasta la hora bruja sin que nadie te importune. El Palasiet es mágico. Se lo recomendé al gran Carlos Latre y allí me lo encontré y disfruté de su talento hasta entrada la noche. Como disfruté de Almudena, Jacobo, Julia, Leti, Fran, Sebas, Trey, Chimo jr, Marisa, Vicente, Mónica, Puri, Diego, María, Romi, Elena, Carlos, Mayte, Don Enrique y todos los demás. Solo nos faltó el gran Matías, que volverá con Angel Antonio para bailar boleros con nuestras diablas favoritas. Y con el inmenso Germán Yanke, al que pienso como el e Idoia saben, con el alma.

Pura Vida, dicen en Costa Rica. Es una expresión de la simplicidad y la sencillez de vivir bien y del buen vivir, sin molestar al prójimo, en libertad y con libertad, optimismo, humildad, felicidad, satisfacción con lo que se tiene, amistad. Los modernos lo denominan buen rollo.  Existe. Y sí buscas pura vida, la encuentras. En algunos sitios, te lo ponen más sencillo.

Y con Pablito Farnós me he acercado cada día al Pura Vida de Benicássim, donde Javier Usó, Javierini, imparte lecciones de disfrute a todas horas. Con Pablo y Javier sumo doce hermanos. De sangre y de alma. Javier es un vividor viajado al que admiro. Le gusta rodearse de mujeres guapas. Tiene talento, sentido del humor y un corazón que no le cabe. Y en el local de Javier asoma cada noche lo peor de cada casa, o sea, lo mejor de lo mejor entre un personal que huye de la fatiga de nuestra política y encuentra la paz de las sonrisas entre fogones y corazones. Noches mágicas de apoteosis de afectos. Madrugadas intensas sin reproches. Pasión por los sentidos. Solo para disfrutones.

Y al final, al son del reggae del Rototom, festival de música en paz, descubrí el directo de la banda de Sebastian Sturm, el Bob Marley del siglo XXI. Acordes jamaicanos en la madrugada del mediterráneo, mestizaje de notas y seres humanos, pura vida hasta el alba mediterránea. Lo malo es que la partida sigue. Recuerden, blancas y negras. En ello estamos de nuevo. Volveremos a el paraíso.