El próximo día 1 de julio se cumplen dieciséis años de la liberación por la Guardia Civil de José Antonio Ortega Lara, después de 532 días secuestrado por ETA. Uno de sus captores, el terrorista Iosu Uribetxebarría Bolinaga, en libertad condicional, es protagonista de la actualidad informativa. El Gobierno no parece tener intención de pedir su reingreso en prisión pese a que un dictamen médico avala esta decisión. Soy de los que cree que las penas privativas de libertad no deben basarse en la venganza. Hasta el más cruel asesino tiene derecho a salir de prisión si su estado es terminal. Pero a la vez considero que todos debemos ser tratados de igual modo, y en las prisiones españolas hay centenares de presos terminales que no ha  recibido el mismo trato que el etarra Bolinaga. Incluso muchos mueren presos sin la posibilidad de hacerlo en su casa, con los suyos. La decisión de excarcelar a Bolinaga fue política. Y creo que el Gobierno cometió un error y una injusticia. Como os adelanté ayer en Twitter, reproduzco el artículo que publiqué en el diario El Mundo, en el que trabajaba entonces como director de El Mundo del País Vasco, el día 2 de julio de 1997, al día siguiente de la liberación. Pude estar ocho minutos tan solo en ese zulo en el que Ortega Lara fue encerrado durante casi año y medio. Bolinaga se ocupó de vigilar a Ortega Lara todo ese tiempo. Leedlo. Es uno de los centenares de artículos que he publicado a lo largo de mi carrera de los que estoy más orgulloso. Y de los que te arrancan alguna lágrima mientras tecleas en el ordenador.Sin más. Creo que os puede interesar. Ojalá lo lea también Bolinaga. O no.

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MONDRAGON.- Mientras desciendo por el pequeño agujero cilíndrico que da acceso a la mazmorra en la que estuvo enterrado en vida Ortega Lara, trato de imaginar lo que voy a encontrarme. Una vez que apoyo mis pies en un taburete, puedo girar la cabeza. Mi mirada se da de bruces con un agujero inmundo y desde el primer instante siento una humedad insoportable, percibo un olor hediondo, insufrible, que me llega hasta el cerebro y que me ha perseguido durante horas pese a que tan sólo he permanecido ocho minutos en esta ratonera, y me ataca una claustrofobia que no conocía. Esto es mucho peor de lo que nadie puede visualizar en la peor pesadilla.

Sorteo el cubo azul en el que los etarras guardaban las armas y los 25 millones de pesetas en metálico, alguna caja y un armarito de aseo con el cristal roto, traspaso una primera puerta de madera chapada, un angosto habitáculo y llego a otra puerta, que un día fue la de una nevera, forrada con un panel de corcho plastificado. Se abren los dos cerrojos de hierro oxidado que fijan la puerta que separa el zulo del mundo y frente a mis ojos tengo una habitáculo de 2,58 metros de largo, 1,85 de ancho y 1,95 de alto en el centro, su parte más alta.

Fijo mi vista en las paredes. Tablillas de madera horizontales en los laterales y verticales en el frente, ennegrecidas, fijadas con tornillos rosca-chapa. Este agujero está metido en la tierra. Tras la madera hay una placa de fibra de vidrio, otra de corcho aislante, una lona verde y detrás, la arena mojada.

Toco las maderas de la pared y aún están húmedas. Cuando despego las manos de ellas he de secarme frotándolas con mi pantalón, que queda impregnado de moho.

A través de un agujero que la Guardia Civil ha abierto en un rincón de la mazmorra percibo que este ataúd tiene como planta una chapa de hierro recubierta con las mismas placas de fibra y corcho y la misma lona verde de las paredes. Unas columnas de hierro con soldadura fijan el techo a los laterales y éstos, a su vez, al suelo.

Doy dos pasos al frente y un tercero incompleto. Y se terminó el mundo de Ortega Lara. Sus paseos no daban para más en el gulag de ETA. Llego al fondo y me giro 180 grados. Miro de nuevo al frente y veo, a la derecha, la puerta de entrada al zulo. A la izquierda, la ya famosa trampilla abatible hacia afuera, construida con la puerta de un congelador, recubierta también de madera.

En el colmo de la más refinada maldad, los etarras le guardaban cada día a Ortega Lara un recuerdo innecesario: al abrir la trampilla por la que le entregaban el rancho junto a la bacinilla humillante, el único cordón umbilical de Ortega con el mundo, el secuestrado se topaba de bruces con el bietan jarrai, el siniestro anagrama etarra con el hacha y la serpiente enroscada.

En el centro, pegada al techo, otra trampilla. Allí está colocado el foco halógeno, 13.000 horas encendido, y sobre él, un trozo de liviana y casi transparente tela negra enhebrada a un fino cordel para atenuar la luz. Pienso en Ortega. La noche llegaba cuando él decidiera: no tenía más que correr la siniestra cortinilla. Fantasía de prisionero.

Junto al foco halógeno, un altavoz casero que sólo ponían en funcionamiento los etarras cada vez que abrían la trampilla. Al otro lado del foco, el ventilador conectado a las cloacas que enfriaba el infierno etarra.

A la izquierda, la pared más húmeda, la más próxima al río, a menos de 20 metros. Junto a ella una mesa de tijera. La tabla superior, de contrachapado. Las borriquetas que la sustentan, metal oxidado, corroído por el agua sucia que puede con las paredes.

La silla de tijera que tenía Ortega Lara se la han llevado al juzgado como pieza de convicción. La tumbona y la mesa siguen aquí, porque no caben por el cilindro que permite el acceso a este ataúd. Tuvieron que meterlas cuando construyeron el zulo.

UNA ENORME ANGUSTIA.- Me sitúo en el centro del agujero, extiendo los brazos y yo, que soy pequeño, casi alcanzo con las yemas de mis dedos corazones ambos extremos de la mazmorra. Siento una enorme angustia.

A la derecha, un póster de gran tamaño, ajado, en el que se observa a dos surfistas surcando olas quizá en las antípodas. El azul del mar está perdido. El agua que despide la pared ha podido con él.

Debajo, más pequeña, una fotografía de la Bahía de la Concha captada desde el Monte Urgull en un día de nieve. La isla de Santa Cristina y el monte Igueldo blancos y el mar más negro que azul.

Como camastro, una tumbona plegable cutre, de ínfima calidad, tres patas de hierro, por supuesto oxidado, y una tela vieja plateada. Me siento y ceden las patas inestables. Vuelvo a colocarla en su sitio, me tumbo y no hay forma de permanecer quieto un segundo sin perder el equilibrio. Me viene a la cabeza cuánto tardaría Ortega Lara en hacerse con ella, en controlarla para poder conciliar el sueño.

Y los restos de una tablilla que utilizaba a modo de estantería. Me cuenta un capitán de la Guardia Civil que, al bajar al zulo segundos después de sacar a Ortega Lara, le llamó la atención el orden en que se encontraba esta mazmorra indigna. «Es increíble como este pobre hombre tenía cada cosa en su sitio. Sus escasas pertenencias perfectamente instaladas. imagino que le era necesario para sobrevivir pensar que estaba en su casa». Bajo la marca de lo que fue la estantería del secuestrado, me impresiona una inscripción escrita con letra minúscula: «Ortega Lara estuvo aquí». Conciencia de preso. Quizá un telegrama dirigido al siguiente inquilino del agujero.

Y miro al suelo. Piso terreno duro. Lo toco y está frío, y húmedo. Todo aquí es humedad. Sobre unas planchas de metal, los etarras que construyeron el zulo colocaron unas placas de tablex como las que se emplean en las traseras de cualquier armario casero. Y todo ello cubierto por un repugnante hule de sintasol simulando madera, que en las esquinas exhibe también moho blanco.

Cierro los ojos. Me siento inmensamente solo. Tras haberlo vivido únicamente ocho minutos, pienso en las 13.000 horas que pasó Ortega Lara en este zulo y soy consciente de hasta qué punto el hombre puede ser capaz de soportarlo todo.

En esta covachuela del infierno etarra no se siente el mundo. No se vive bajo ningún cielo. La soledad es imponente. Esto no es un agujero oscuro y calentito, como el de Celaya en Tranquilamente hablando, en el que si miras hacia lo alto ves un poco de cielo, en el que puedes dormir, comer, soñar con Dios, rascarte, y el resto no lo entiendes. En este miserable y frío agujero no se puede entender nada. En este infierno frío la vida está prohibida.

¡Qué certero Julio Iglesias Zamora!, al describir este infierno al que también él fue condenado sin juicio previo por ETA durante 117 días. Meter a alguien en esta tumba, dijo, «es como que te crucifiquen y luego, cuando ya estás clavado de pies y manos, te dan crema protectora solar para que no te quemes la cara». Y no te dan crema solar, te aplican vinagre cada día en las heridas.

Despertar en este infierno tras las dosis de tres mililitros de Dormicum que ETA aplica a sus víctimas para dormirlas es, estoy seguro, como sentir que has sido condenado a la muerte más lenta que la muerte admita.

El alma se te cae a los pies nada más traspasar el umbral de la lonja. Máquinas de todo tipo para trabajar el hierro, mugre, cajas de cartón, mugre, tornillos por los suelos, mugre, tornos, y más mugre, máquinas corta chapas, mugre, bombonas de aire comprimido, mugre, telas de araña en el techo, mugre, palés de carga, mugre y mugre y mugre. Mil metros de miseria en los que ETA construyó su cárcel del pueblo, ¡qué ironía!. La cocina de este infierno, en la que preparaban los alimentos de Ortega Lara, responde a lo que es el resto de la nave.

Unas cuerdas con ropa tendida, restos de comida, botellas de vino a granel a medio consumir, una nevera sucia llena de alimentos congelados, botes de mermelada, todo sucio, llamativamente sucio.

Me llama la atención el botiquín, por supuesto de hierro oxidado. En su interior, abundante esparadrapo, Canestén y Mycospor para los hongos que devoraban la piel de Ortega Lara, dos cajas de Nolotil, tiritas y un tubo de Dayamineral, un complejo que mezcla vitaminas, minerales y fosfato de calcio.

Y en la pared de esta repugnante cocina, un calendario del mes de mayo que ofrece la imagen de un joven con un niño negro en brazos y un ventanuco que comunica con la entrada de la lonja.

Tras pasar tan sólo ocho minutos en esta covachuela del infierno en la que cualquier mortal habría perdido toda esperanza, siento que una vez arrojado a este agujero, no habría tenido miedo a la muerte. Yo sólo hubiera temido seguir vivo cada día.