No hay una sola clase de política. Como no hay un tipo único de político. Pobres de aquellos que no se interesan por la política, porque tienen la desgracia de vivir gobernados por personas que sí se interesan por ella. Y mucho. Hay política de parlamento veterano, serio y divertido. Y hay política de plaza de toros, que es muy nuestra, en la que estamos ahora, en plenas campañas. Y ya se sabe que en las plazas de toros, y en su entorno, además de aficionados hay mucho pícaro, pero no de esos que anidan allí donde las diablas bailan boleros, que escribiera el maestro Angel Antonio Herrera, que son los pícaros buenos. A éstos les tenemos cariño. Pero luego están los merodeadores de los alberos de mitin y bocata de gañote, que ocupan palco en el teatro de la mangancia, y a los que mucho personal adorna incluso de sabios.

Ya se sabe que para el intelectual la política es siempre, o casi siempre, camisa de excesivas varas. De ahí que prospere poco, o nada, el intelectual en nuestra política, mientras sobra un tropel de maletillas a los que nunca les ha sonreído una mirada. Ofrecen una flor en la penumbra del mediodía a todas las que merodean, pero la flor no perfuma, porque es de plástico. Y del malo. Siempre tienen respuesta a mano, preguntes lo que preguntes, pero respuesta que sirve para todo, que es como decir para nada. Han alcanzado la maestría de la ignorancia, la cátedra de la mentira. Les resulta la verdad poco operativa, entre otras cosas.

En tiempo de crisis, como el que nos toca, el gentío exige identificar a un culpable. Porque la turba gusta de ponerle nombre al fracaso, a su propio fracaso. A los que disfrutan refugiados en la masa les pone tener muy a mano al responsable, aunque no lo sea, para zumbarle duro. Culpables habrá quizá muchos, y todos muy cerquita, pero siempre es más fácil que el culpable sea otro. Y es rentable para quienes movilizan a los cabreados, porque siempre hay uno más listo que sabe mover los hilos, desviar el tiro si va atinado para que al equivocarse, acierte. Sí. Porque los verdaderos culpables son pícaros malos, insisto, pésimos pícaros de ocasión, aunque les creamos sabios, porque dominan el escaqueo al amparo de sus posibles, que son muchos.

Cuando triunfan los políticos de saldo, de acecho mitinero al convencido, de cálculo y más cálculo, de experiencia en la sociometría, esa gran estafa de los mediocres, pues pasa lo que pasa. Que no se salvan ni los que valen, ni los que merecen salvarse. Solo, ya digo, los que sólo saben robar un beso de las diablas porque son incapaces de bailar un bolero con ellas apurando un ron de terciopelo, al alba. Pero se salvan en el océano de los mediocres.

Y los empresarios. Triunfan en estas lides quienes se hacen de oro con el dinero de los demás. También a esa picardía de cartera le llamamos listeza, y hasta audacia.

Y los periodistas. Crece cada día la entrega al oficio del publireportaje y merma el arte de enterarse, informarse, verificar, escribir y publicar, que es lo nuestro. Aunque para muchos no lo sea.

Esto es lo que hay. Y no nos gusta. Y nos preocupa. Porque para estos males no hay rescate que valga. O nos rescatamos nosotros, y pronto, o lo vamos a lamentar por generaciones. Al tiempo.