Comienzo por decir, porque me da la gana, no como justificación de nada, que soy creyente y cristiano, y que no comulgo con la Iglesia católica y muy especialmente con su jerarquía. No voy a misa ni me confieso. Entiendo la Iglesia de otro modo. Y todo ello no me impide ser consciente de la trascendencia del viaje que Benedicto XVI ha iniciado para celebrar en España la Jornada Mundial de la Juventud. El viaje de un jefe de Estado y un líder religioso y espiritual a un país como España, de tradición y de mayoría católica más que arraigada, que va a ser seguido por miles de personas llegadas de todo el planeta, creyentes, que van a generar importantes ingresos.

He leído con interés los argumentos de quienes se van a manifestar, en uso de su derecho, contra la visita del Papa. He decir que no he encontrado un sólo argumento de peso, únicamente he topado con lugares comunes, con discursos más caducos que el de Benedicto XVI, con soflamas mitineras de otros tiempos nada modernos, apoyadas por algunos medios de comunicación, y con planteamientos sectarios y de censura de un credo religioso con el que se puede estar en desacuerdo, faltaría más, pero al que no se le puede negar la capacidad de convocatoria, el compromiso con la fe y la solidaridad y la puesta en práctica de valores morales que fomentan la convivencia en paz y la solidaridad con los desfavorecidos como eje esencial de la vida en la fe que practican.

LOS INGRESOS PUEDEN RONDAR LOS 90 MILLONES

Me asombra cómo en España se ha instalado una corriente de opinión y expresión que considera progresista, moderno y gracioso la crítica e incluso la mofa permanente del catolicismo. Me cuesta entender la simpatía que en una minoría despiertan estos guardianes del pensamiento único, como me cuesta entender el afán de protagonismo de unos pocos que se van a manifestar protestando por el coste que al erario público le va a generar esta visita del Papa. Y ello porque es sabido que el coste del viaje se estima en el entorno de los 50 millones de euros, que van a ser sufragados en su mayoría por las aportaciones de los voluntarios, las empresas patrocinadoras y la propia Conferencia Episcopal. Y, por cierto, se estima también que los ingresos que va a generar el viaje pueden rondar los 90 millones.

No cuestiono el derecho a manifestarse y a expresar su opinión. Simplemente digo que me parece incorrecto, inadecuado e indecoroso, como me lo parecería convocar una manifestación anti gay el día que se celebra la caravana del Orgullo. La vida en convivencia conlleva recurrir al sentido común, al respeto máximo a las ideas y las creencias de los demás, a no generar situaciones de tensión y menos aún cuando lo que se ventilan con cuestiones que entroncan contra lo más sagrado y sensible del ser humano, como pueden ser las creencias religiosas, las cuestiones que afectan a la sexualidad, las razas o la condición social de cada uno.

A quienes protestan por la visita, o por el apoyo material que las administraciones le han prestado, conviene recordarles que esta misma Iglesia católica, apostólica y romana de la que yo no formo parte es quien en todo el planeta, también en España, dedica buena parte de sus recursos a ayudar material y espiritualmente a los más desfavorecidos y necesitados. Que es esta Iglesia de la que tantas cosas no me gustan quien más recursos humanos y materiales dedica a ocuparse de los más necesitados, de los perseguidos, de los excluidos, de los parias de la tierra. Y todo ello a cambio de nada.

Cualquiera que dude de ello puede acudir cada día, no ya a una misión en Somalia, o en la selva amazónica, o en Turkana, sino a un comedor de Cáritas en Barcelona, o a cualquier centro asistencial en Nueva York, o en Londres, o en Roma, en cualquier parte del planeta. Algunos lo hemos hecho y hemos comprobado in situ, sobre el terreno, en Madrid, en Los Angeles, en Freetown o en Madina, en Honduras o en Delhi como son religiosos, en su mayoría católicos, junto a voluntarios que se apuntan solidariamente, quienes se ocupan de reconfortar a los afligidos, dar de comer a los hambrientos y ayudar a los perseguidos, y en ninguno de los casos que he conocido les he visto poner como condición para prestar la ayuda abrazarse previamente a la fé.

Lo descubrí muy joven, cuando en el Chile del dictador Pinochet, conocí al cardenal Raúl Silva Henríquez, uno de los santos de verdad (aunque no hayan sido santificados por la Iglesia) con los que me he topado, la mayoría de ellos miembros de esta Iglesia que ahora celebra en Madrid estas JMJ que a algunos parecen molestar tanto. Silva Henríquez, arzobispo de Santiago, fue sin duda uno de los hombres que más hizo en la lucha contra la dictadura y por la defensa de los derechos humanos, al frente de la Vicaría de la Solidaridad. Pude comprobar personalmente como Pinochet solo temía a un hombre, y este era el cardenal Silva Henríquez. Tuve el privilegio de vivir personalmente como desde una posición de privilegio, en la que muchos otros hubieran adoptado una actitud diferente, monseñor, conforme a las directrices recibidas desde Roma, a las que añadía su talento, su exquisita formación intelectual y humana, su coraje y su valentía, se enfrentó al dictador y contribuyó a acabar con la dictadura como nadie.

No me caben dudas. Más les valdría a muchos jóvenes escuchar buena parte de los mensajes que se van a trasladar en estas JMJ antes que las soflamas de unos pocos trasnochados, anclados en un discurso caduco, ignorante, hedonista, egoísta y escasamente solidario, eso sí, con la pátina progresista que le otorgan los guardianes de las esencias que, por supuesto, disfrutaron al abrigo de nuestro dictador sirviéndole eficazmente y sin incomodarle mientras se enriquecían a su abrigo.

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