No escribiré nunca de Mourinho después de una derrota, ya os lo dije el otro día. Por eso he esperado al partido de Gijón para decir alguna cosa, poco nuevo por aquí, respecto a la polémica que se ha traído con Manolo Preciado, entrenador del Sporting. Vaya por delante que creo que el bueno de Preciado se paso unos cuantos pueblos en responder al arrogante entrenador del Real Madrid. Creo que llamarle “canalla” fue un exceso, y aunque en el fondo tenía toda la razón, en la forma perdió una parte de ella. Y como además The special one cuenta con el favor y el fervor cuasi religioso del florentinesco y mayoritario periodismo deportivo, llevaba todas las de perder.

Estoy convencido de que Mourinho tiene calidad profesional de sobra para no necesitar del personaje que se ha creado. Esa política de gestos le perjudica a él, cosa que la verdad me trae al pairo, pero sobre todo, y esto sí que me importa, perjudica notablemente la imagen del Real Madrid. Por si no fuera suficiente el daño que el galacticismo de la primera época de Florentino Pérez hizo al Real Madrid, ahora nos ha traído a un entrenador que genera mas odio todavía en cada rincón del planeta contra un equipo que históricamente había sido de calle el club con más incondicionales no sólo en el resto de España, sino en todo el mundo mundial. No quiero para mi equipo, para mi Real Madrid, entrenadores que se peleen cada día con el mundo, que manden a la mierda a los arbitros, que se ensañe con los jugadores más jovenes y por lo tanto más desprotegidos en público, que desprecie a los rivales, que provoque con sus gestos a las hinchadas visitantes, que lleve de segundo a un tipo que le dice al entrenador del equipo rival que desea que se vayan a segunda. Quiero un buen entrenador que, además, parezca, aunque en el fondo no lo sea, buena persona, con modales, educación y fair play, aunque a los periodistas de cámara del flotentinato les parezca gracioso y, quien sabe, les ayude a vender periódicos, pijamas, tazas, camisetas, tostadoras y muñecos de toda índole.

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Reitero mi admiración por el técnico Mourinho. E insisto en mi rechazo total al personaje que él mismo se ha creado, con las altas esferas del club jaleándole, el departamento de prensa instruyéndole, la dirección de publicaciones del club con el alcalde del pueblo de un amigo al frente preparando textos, un periodista de cámara preparando libros y buena parte del periodismo hincado de rodillas riéndole las gracias esperando los favores del ser superior que todo lo puede. Ojalá nadie pierda la memoria si vienen mal dadas, cosa que no deseo. Entonces, cuando de la vuelta la tortilla y las cañas se vuelvan lanzas, cuando todos los pelotas interesados empiecen a zurrarle la badana al portugués, escribiré para defenderle.