Artículos en la categoría: personal

Cincuenta y cinco minutos en el infierno dan para mucho. Durante ese tiempo, mientras un tipo te amenaza muy en serio a ti, a tu equipo y a tu familia, en ese orden, te da tiempo a pensar cómo debes reaccionar, qué debes decirle a quien quiere trincarte, como tienes que alargar la conversación para ganar tiempo, lo esencial que es ser capaz de alcanzar tu teléfono móvil para comunicar a la vez con tus colegas que duermen en otras habitaciones del mismo hotel y desear que todo termine rápido, aunque sabes que no va a ser así.

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Trazo este texto mientras cruzo el estado de Chiapas. Estoy en Méjico desde hace cinco días con mis cuerdos de atar y los nadie que persiguen el sueño americano, sin saber que probablemente será al final una pesadilla más que real. Nadie me ha hablado de Rajoy, Sánchez, Granados, los ERE, Cataluña, Pujol y su familia, Castedo, Podemos o el resto de la mugre que marca a España en negro. Y se agradece. Porque en el mundo hay muchos mundos, y es bueno conocerlos. Y no pensar que nuestro reducido cosmos es el centro del universo. Y coleccionar días sin repetir ninguno.

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Escribo estas líneas recién aterrizado de México. Ayer leyeron ustedes el relato de cómo casi nos cuesta la vida tratar de documentar el horror que viven tantos en este país. Transitaba con mis cuerdos de atar y con los nadie centroamericanos, por un Estado que es, como en el cuento de Cortázar, casa tomada. México se pudre. Es el trópico del delito. La sede de la desolación. Las fosas escupen huesos. Las flores son de fuego. El crimen organizado (narcos, sicarios, pistoleros, zetas, cárteles, tratantes de seres humanos y demás ralea) corre por las venas del Estado y se confunde con los tres poderes. Nadie está a salvo de desaparecer sin que jamás alguien pague por ello. Y los malos, que nunca sabes por dónde te van a salir, te parten la madre, te brincan, te chingan en cuanto huelen el miedo o la debilidad. Porque de eso se trata, de que se les tenga miedo.

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(El columnista de ABC Melchor Miralles relata el intento de secuestro que sufrió en Tapachula (Chiapas) mientras grababa un documental sobre la inmigración”)

En México si a las tres de la madrugada suena la puerta nunca es el lechero. Desgraciadamente he podido comprobarlo junto al equipo de Cuerdos de Atar con el que estaba hospedado en el modesto y coqueto hotel La Casa Rosada de Tapachula (Chiapas). Lo que sonó a las tres y media de la mañana del pasado sábado en mi habitación, la 102, fue el teléfono de mi mesilla. Y no era el lechero, no, era un tipo que tras presentarse como responsable del cártel “que controla este Estado” de Chiapas, recordarme que “aquí no mandan la Policía, ni el Ejército, mando yo”, evidenciar que tenía mis datos personales e invitarme a que no se me ocurriera encender la luz. “Estamos fuera guey, te vemos”. Me dejó muy clarito desde el inicio que me tenían visualmente controlado y que si no me mostraba colaborador me asesinarían a la vez que asesinarían a mi familia en Madrid, “y puede morir mucha más gente”. Así arrancó la hora más angustiosa de mi vida.

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Bergoglio, el Papa Francisco, me inspira confianza. Soy creyente. Llevo años muy distanciado de la jerarquía de la Iglesia, a quien percibo en otro mundo, mortal, humano, mundano, e inmensamente lejano de lo que mis padres y mis maestros me enseñaron que debe ser la Iglesia. Pero Bergoglio me está ganando. Con sus escritos y con sus papabras. Su gesto serio al estrechar la mano de uno de los supervivientes de la tragedia de Lampedusa no transmite alejamiento, o frialdad, sino respeto, profundo, solemnidad en el recuerdo de unos hechos que dejó entonces muy claro que le avergonzaban como ser humano.

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Podría escribir aquí sobre el desencanto que percibo en España respecto al futuro inmediato, esa sensación de asistir a un paseo nocturno por un callejón sin salida, o de ser el último paseante del andén de una estación de tren a punto de derribo. Pero no. Llevo tres meses comprobando que en el mundo hay muchos mundos,, como me dice Carmen Ro, y la mayoría de ellos nos son ajenos porque no les prestamos atención. Y la merecen.

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