En la política española, al abrigo del poder absoluto, la vida es complicada también para quienes conforman el universo de los partidos. El modelo búlgaro se impone. La unanimidad y la aclamación al líder dinamitan el pensamiento libre. Al abrigo de las mayorías absolutas las discrepancias se desvanecen, las disidencias se persiguen y las negativas te cuestan el olvido o la cuneta.

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El Congreso triunfal de Sevilla, la penúltima muestra. Los miembros del politburó de Génova, transmutada en Sierpes, certificaron que era sevillanamente estrecho el camino, solo cabían los elegidos por el sumo pontífice de la cosa. Y los elegidos se enteraron de que lo eran en el instante que Mariano (así le llaman los próximos y los que aspiran a serlo), en el estrado o cadalso, se lo comunicó al personal. Ni una consulta previa. Evidencia de que o bien Mariano sabe que no hay quien le tosa en casa, o bien  de que las huestes no gustan de ser consultadas, servilismo obediente digno de mejor causa. O ambas cosas a la vez, me temo.

Pero fuera de las oscuridades de los aparatos las cosas no son así. Bien lo saben Mariano y sus ministros obedientes, los que pasaron del “ay” al “ya”. Les cuento el diálogo del ministro Wert con dos ilustres del mundo universitario. Casi literal, porque con ambos la cosa fue por estos lares, con igual desenlace. Llamada en torno a las 10 de la noche:

Ministro Wert.- Amigo, eres el nuevo secretario de Estado de Educación.

Señor X, o G, o T..- Ministro, antes tendríamos que hablar. Necesitaría conocer tu proyecto, que tu escuches mis ideas al respecto, no vaya a ser que vayamos por caminos diferentes.

Ministro Wert..- No tengo tiempo. Mañana lo hacemos público.

Señor X, o G, o T..- No ministro, así no, además querría consultarlo con mi mujer, darle una vuelta después de hablar tu y yo.

Ministro Wert..- ¿Está tu mujer en casa?

Señor X, o G. o T.- Sí.

Ministro Wert..- Consulta con ella y te llamo en veinte minutos.

Señor X, o G, o T..- No me llames ministro, definitivamente no me interesa.

Así fue la cosa, más o menos. Como se lo cuento. Y con Mario Vargas Llosa no fue así, pero como si lo fuera. Sucede que están en política y se piensan que todos somos iguales, como ante la ley. Pero no, igual que no a todos se las graba cuando van a declarar, algunos tienen criterio propio y huyen de la obediencia, que ya no es debida ni en los cuarteles. O sea, que todavía hay quien le dice a un ministro que no y se queda más ancho que largo en su Universidad. Por unanimidad consigo mismo y su propia conciencia. Y eso antes de que le hablen del salario.