La mayoría de las veces los grandes políticos acreditan su condición no celebrando éxitos en los momentos más duros, sino superando los fracasos que otros le vaticinan. Por ahí se dibuja la senda que va a recorrer Rajoy, en lo referido a los asuntos económicos.

Tiene el recién investido presidente del Gobierno un tono previsible del que presume. No practica la sorpresa, no levanta pasiones ni transpira épica. Es un buen conocedor de las tripas del poder y de las pequeñas y grandes infamias de la política. Tiene aspecto de ser una persona astuta, de los que pueden entrar después de ti en una puerta giratoria y salir antes que tú por el otro lado. Ejerce ya, con toda la barba, más como hombre de Estado que de partido. Es lacónico como un espartano y no se aprecia que guste de gastar pólvora en salvas. Se gasta tono de opositor bien preparado, de prosa administrativa y tecnocrática que no enamora, pero no está el patio para bromas de Cupido de farsa sino para flechazos de eficacia.

Se acabaron los dichos, empiezan los hechos. Es hora de pasar de las musas al teatro. Es momento de cambiar la melodía o de romper el tocadiscos si desafina. Los españoles no hemos puesto un Stradivarius en manos de un gorila sino de un político equilibrado y con criterio que anduvo elegante al no derramar una lágrima por la calamitosa herencia y que se mostró reformista, ma non troppo.

Este hombre a una barba pegado o se sale en el plazo corto o no termina la legislatura. Sonó revolucionario su compromiso de decirnos siempre la verdad, acostumbrados a tanta mentira.

Y escrito esto, el Rajoy de ayer, con chaquetilla de faena económica de fuste, esclavina diestramente colocada, taleguilla ajustada y los machos bien apretados, toreó de lujo y entró a matar a un toro que nadie afeitó un milímetro, aunque tuvo carencias que me preocupan. Pocas, o ninguna referencia ideológica; ausencia de explicaciones, entre tópico y tópico, respecto a como le va a hincar el diente al problema que le deja en suerte ZP con los asesinos de ETA; nada de regeneración ética, moral, institucional y política del sistema que hace aguas. Y todo esto no es moco de pavo ni morlaco para una faena de aliño económico.

Si con su asepsia de cirujano de técnicas financieras nos saca de la UVI no camino del tanatorio, sino de casa, o al menos hacia la planta, todos se lo perdonarán y le encumbrarán hasta el olimpo de los elegidos. De lo contrario, pagará cara su ortodoxia fría de gestor a la europea. Lo malo que tiene el bueno de Rajoy es que no sé si tiene futuro, porque está centrado del todo en el presente, y, por ello, el futuro le queda lejos. Pero a veces llega demasiado deprisa. Por la cuenta que nos tiene a todos, ojalá acierte.